Aunque quizá lo más correcto sería decir “hasta luego”, pues el lugar donde tú estás ahora, sea el que sea, es el mismo al que también yo me dirijo. Ese es el único consuelo que me queda ahora. En estos momentos en que no puedo cerrar los ojos sin recordar tu cabecita entre mis manos, tus patitas destensándose, tus ojos nublados y tu respiración… haciéndose lentamente más y más tenue. Supongo que habrá un momento en que mi dolor comience a mitigarse y al volver la vista atrás aparezcan todos esos momentos felices y tristísimos que tú y yo compartimos en silencio. Pero, por ahora… tan sólo tengo dolor y dudas y angustia. Una angustia horrible que me encoge el estómago, me sube a la garganta y llena mi cabeza de nubes oscuras.
Y es que ya nunca sabré si fue correcta mi decisión. Si debimos haber esperado un poco más o si, por el contrario…
Pero qué más da ya… Me torturo día y noche con esa duda y no encuentro respuesta y sé que no voy a encontrarla nunca… Sólo espero no tener que decidir nunca más sobre el momento en que un ser debe dejar este mundo. Intentas imaginar lo horrible que puede llegar a ser ese instante… pero la realidad siempre supera tus peores pesadillas. No dejo de pensar en que la eutanasia también se denomina “muerte digna”… pero, me digo a mí misma, qué tiene de digna la muerte de un ser querido mediante una inyección intracardiaca de sodio pentobarbital… Es rápida y fría… pero no digna. Ojalá mi pequeña hubiese terminado sus días en su casa, rodeada por todos los que la queríamos… Ojalá el cáncer no se hubiese cebado en su cuerpecito frágil… Ojalá…
Muchos me dicen que no debí quedarme junto a ti mientras morías. Que la pérdida hubiese sido menos traumática… Pero yo no sé cómo se puede abandonar a quien dices querer en el momento más duro de su vida. Tú, que siempre estuviste a mi lado con tus ronroneos, te merecías mis caricias en esos momentos… Te merecías mi compañía… Te merecías mi duelo…
Y te mereces estas palabras y las lágrimas que las acompañan… Pues necesito que sepas que te echo de menos. Especialmente de noche, cuando me falta el calor de tu cuerpecito en mis pies…
Mi niña… Mi pobre nenina… Te me has ido y un pedacito de hielo se me ha incrustado en el pecho…
Te echo mucho de menos.